La ansiedad de la cuarentena y mi compañia, ukulele.

Había escuchado su nombre de lejos, en medio de los susurros de las personas. Tal vez lo llegué a ver de reojo en brazos de alguien más. Nunca pensé que podría acariciarlo, ni magine que resultaría ser de las mejores compañías, son de esas cosas que piensas que son la vida de alguien más.

La ansiedad de la cuarentena y mi compañia, ukulele.

Un concurso muy noble, donde lo más importante es conocer la historia de cada uno.

En instagram hicimos un comunicado donde los convocamos a todos y esta es una de las historias.

 

Mi nombre es Vero, y traigo en el pecho, desde hace mucho tiempo, una ansiedad pegajosa de esa que te destroza los nervios, no te deja dormir ni concentrarte, de esa que te da miedo. Una ansiedad que te hace la noche muy oscura y silenciosa.

Con la enfermedad del mundo y la cuarentena, esta ansiedad comenzó a engordar.

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Había escuchado su nombre de lejos, en medio de los susurros de las personas. Tal vez lo llegué a ver de reojo en brazos de alguien más. Nunca pensé que podría acariciarlo, ni imaginé que resultaría ser de las mejores compañías, son de esas cosas que piensas que son la vida de alguien más.

La primera vez que lo toque fue hace no más de un mes. Una persona, de esas que hace sus sueños posibles, puso uno en mis manos, ahí comenzó la curiosidad, el deseo, las ganas, la conexión, lo que sea que una vez hizo falta para querer tenerlo, y pensé, ¿Por qué no?

Un domingo de marzo, cuando comenzó la cuarentena, decidida, comencé a buscarlo, no sabía por dónde empezar, las características que debía tener, aun no lo conocía físicamente, pero ya lo quería, ya pensaba en él. Medio perdida me encontré con la UKULELERIA y su espacio virtual, ahí lo vi por primera vez, esperando ser encontrado. Entre tantos, era él, su color y su forma lograron seducirme. Lo quería para mí.

Así, con la emoción palpitando, intente llegar a él y no lo logre. Un día antes el lugar había sido cerrado por la cuarentena. Pude haber esperado a que todo pasara, pero no logre contener las ganas. Ahora le tocaba a él llegar a mí. Lo espere un par de días, hasta que toco mi puerta.

No sabía ni como agarrarlo, parecía pequeño y delicado. Decidí dejar la timidez, poco a poco comenzamos a conocernos, a agarrarnos el modo, yo aprendí a poner mis manos sobre él, y él a posarse en mis brazos. Con todas esas ganas de poder fundirnos, se me fue olvidando el encierro, la ansiedad. Tenía que concentrarme en aprender a estar con él, en acomodarnos, en acoplarnos, porque quería escucharlo, que nos hiciéramos compañía en medio de los tiempos difíciles que vivía el mundo y mi cabeza.

Ahora nos acompañamos, cada día reservamos tiempo para nosotros, aprendimos varias cosas juntos, empezamos a comunicarnos, y si regresaba la ansiedad bastaba con ponérmelo en el pecho y de a poco la calma llegaba. La concentración y la dedicación que necesitaba para poder escucharlo no me dejaban espacio para esos nervios rotos o las noches si sueño.

Así fue como nos encontramos, mi ukulele y yo logramos pasar los días sin aburrirnos, logramos salir de la rutina, escuchando y aprendiendo, motivándonos, conociéndonos más. Cada tarde nos sentamos en la sala, a veces nos ponemos a leer sonidos, a escucharlos también. A sido la compañía ideal para enflacar las ansias y para que la cuarentena se vuelva menos silenciosa.

Ahora, a pesar de los tiempos opacos y confusos, se ha vuelto como la luz de luna que ilumina la noche y la oscuridad.

-Veronica Tello

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